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MEDITACIONES DIARIAS CON Obispo Barron
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Amigos,

Bienvenidos a este gran recorrido del Adviento, un tiempo litúrgico de vigilia —o, para ponerlo en términos mundanos, de espera.

Esperar es muy difícil para la mayoría de nosotros. Supongo que los seres humanos hemos vivido siempre con prisa, pero especialmente la gente moderna parece desear todo instantáneamente. Yo, por mi parte, no soporto esperar. Así que cuando me dicen que la espera parece pertenecer al corazón de la vida espiritual, esto no me pone content, pues aquí también quiero respuestas, un rumbo, claridad —y lo quiero pronto—.

¿Qué sentido podemos darle entonces a la espiritualidad contracultural y contraintuitiva de la vigilia? Lo primero que tenemos que darnos cuenta es que nosotros y Dios estamos, sencillamente, en horarios distintos. “Para ti, Señor, mil años son como un día” (2 Pedro 3, 8). Lo que para nosotros es mucho tiempo es un instante para Dios.

¿Será posible también que estemos hechos para esperar porque estamos en un sendero que no es el que Dios quiere para nosotros? G. K. Chesterton dijo que si estás en la ruta equivocada, lo peor que puedes hacer es moverte velozmente. Tal vez estemos forzados a esperar porque Dios desea que reconsideremos seriamente el curso que hemos trazado, que paremos de precipitarnos por una ruta peligrosa.

O quizás estemos hechos para esperar porque no estamos aún preparados adecuadamente para recibir los que Dios nos quiere dar. San Agustín sostenía que el propósito de una plegaria ignorada es forzar una expansión del corazón. Y aún si deseamos con intensidad suficiente lo que Dios quiere darnos, podríamos no estar listos para incorporar en nuestras vidas una gracia particular o para manejar sus implicancias.

Que acojamos la espiritualidad del Adviento, y que pasemos estos días sagrados esperando juntos —en oración, penitencia y esperanza— la llegada de Cristo nuestro Salvador.

Paz,

Obispo Robert Barron


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