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MEDITACIONES DIARIAS CON Obispo Barron
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Memoria de Santa Lucía

Viernes, 13 de diciembre de 2019

Mateo 11, 16-19

Amigos, en el Evangelio de hoy Jesús dice “Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Éste es un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’”.

La Pascua Judía fue decisivamente importante en la historia de la salvación. Dios ordena a su pueblo que comparta una comida para recordar su liberación de la esclavitud. Esta cena proporciona el contexto para la más profunda teologización de la comunidad Israelita. Ambos, la amargura de su esclavitud y lo más dulce de su liberación son representados en esta comida sagrada.

La vida y ministerio de Jesús pueden ser interpretados a la luz de este símbolo. Desde el mismo comienzo, fue puesto en un pesebre, para que pudiera ser alimento de un mundo hambriento. La mayor parte de la participación pública de Jesús estuvo centrada en comidas sagradas, donde todos eran invitados: ricos y pobres, santos y pecadores, los enfermos y los marginados. Pensaron que Juan el Bautista era un raro asceta, pero llamaron a Jesús un glotón y bebedor. Él encarna el deseo de Yahveh de compartir una comida placentera con su pueblo.

Y por supuesto, la vida y enseñanza de Jesús llega a una especie de clímax en la comida que llamamos la Última Cena. La Eucaristía es lo que hacemos entre la muerte del Señor y su venida gloriosa. Esta es la comida que anticipa aún ahora la perfecta comida de hermandad con Dios.

Reflexionemos: ¿Por qué la Eucaristía es la “perfecta comida de hermandad con Dios” aquí en la Tierra?


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